La cara sustentable de La Pintana

//La cara sustentable de La Pintana

La comuna ubicada en el sector sur de la ciudad de Santiago es una de las más pobres del país, pero líder internacional en temas de reciclaje. Detrás de ese logro estaba Manuel Valencia, quien se ganó el respeto del mundo medioambiental y de los pintaninos, y murió repentinamente a comienzos de septiembre.

Manuel Valencia era fanático del cine. Por eso, el jueves antepasado, en su funeral en el patio de la Dirección de Gestión Ambiental (DIGA) de La Pintana, un cuarteto de cuerdas tocó un arreglo especial de la canción central de la película 007: Operación Skyfall. Ese día también se plantaron tres árboles nativos en la sede municipal y a petición de la familia se recibieron plantas en vez de arreglos florales.

La muerte de Valencia, por un infarto que le vino el 5 de septiembre en el aeropuerto de La Habana a donde iba llegando de vacaciones, tomó de sorpresa a su familia, a sus amigos y a sus colaboradores. También a la gente ligada a temas medioambientales, mundo en el que Valencia es conocido como la persona que convirtió a La Pintana, donde trabajó 21 años, en un ejemplo internacional de programas de reciclaje, algo que es motivo de orgullo en esa comuna, que, generalmente, aparece asociada a la pobreza o la vulnerabilidad. “Yo sabía que mi papá era respetado en el medio y en el trabajo, pero me impresionó el liderazgo que tenía y cómo la gente hablaba de la importancia de continuar con su labor, de que no quede en el aire”, dice Miguel (26), su hijo menor.

Pese a su bajo perfil, entre las personalidades que lo despidieron estaban el intendente de Santiago, Claudio Orrego; el subsecretario de Medio Ambiente, Marcelo Mena, y el arquitecto Pablo Allard. “Desde toda la complejidad social y de servicios que tiene La Pintana, Manuel fue capaz de innovar en la agenda de sustentabilidad. Eso demuestra que no hay excusas para no trabajar estos temas”, dice Allard, decano de Arquitectura y Arte en la UDD.

Sueños

“Irremediablemente bien”, respondía Manuel Valencia cuando lo saludaban y le preguntaban “¿Cómo estás?”. La frase era como su sello porque era una persona que no se complicaba, “siempre había una solución para todo y te daba libertad para buscarla”, dice Felipe Marchant, jefe de operaciones de la DIGA. Si era una mujer la que le preguntaba cómo estaba, su respuesta era otra: “rico”, “dulce” o “exquisito”, decía.

“Cuando yo lo conocí no era así de galán”, aclara Raquel Cepeda, su ex señora y madre de sus cuatro hijos. Hijo de un funcionario de Correos de Chile y de una mujer que trabajaba para una congregación religiosa holandesa, Manuel fue desde joven un tipo pensativo y soñador, que siempre estaba planificando algo. “Extrovertido, amigos de sus amigos, bueno para conversar y para invitar, pero con un profundo mundo interior”, describe Raquel, a quien conoció a fines de los 60. “Me conquistó por su inteligencia”, agrega.

Mientras pololeaban, iban a algunas poblaciones a enseñarles a leer y escribir a adultos. Cuando cursaba Ingeniería Civil en la Universidad de Chile, el gobierno de la Unidad Popular le ofreció trabajo en la Corporación de la Vivienda (Corvi) y, ya casado con Raquel y con Claudia, su primera hija, se fue a Calama a supervisar viviendas para la minería. Después del golpe del 73 partió al exilio a Rotterdam, Holanda, donde terminó ingeniería e hizo estudios en arquitectura y urbanismo, ciencias de la ecología y gestión y ordenamiento ambiental. Así aprendió sobre técnicas que en Chile apenas se escuchaban en los setenta y ochenta, como reciclaje de residuos, lombricultura y compostaje. También viajó por Italia, España, Portugal, Francia y Grecia, pero siempre quiso volver y lo hizo a mediados de los 80. Llegó con ganas de poner en práctica las nuevas tendencias ambientales que había visto y aprendido en Europa. Compró una parcela en el sector de El Noviciado para crear una escuela agrícola para niños, pero no le alcanzó la plata. “Fue su sueño no cumplido”, dice Raquel.

Hecho en casa

A principios de los noventa, cuando trabajaba en una imprenta, un amigo le presentó a Jaime Pavez, quien era candidato a concejal por La Pintana. “Fuimos a almorzar a un restaurante y pidió solamente lechuga y vegetales. Fue el primer vegetariano que conocí”, cuenta Pavez, quien una vez electo alcalde en 1992, lo llamó para trabajar con él.

Su primera tarea fue diseñar el Plan Director, un documento que definió el ordenamiento territorial de la comuna. Según Felipe Marchant, el plan permitió mantener paños verdes y “resistir la presión” de las inmobiliarias y del Minvu para construir viviendas sociales.

Luego asumió como jefe de la Dirección de Aseo y Ornato y lo primero que hizo fue cambiarle el nombre a Dirección de Gestión Ambiental. “Él no estaba para recolectar basura de manera reactiva, a él le gustaba la gestión y pasamos de tener lejos la basura y tirarla en vertederos a gestionarla de manera local. De residuos a recursos”, resume Marchant. La DIGA hizo un trabajo de educación ambiental a los funcionarios, a la población y fue casa por casa recolectando los restos de comida, verduras y frutas para que los redujeran las lombrices en el patio de esa repartición y lo convirtieran en humus que luego se utiliza en la áreas verdes. Todo eso significa hoy pagar menos por disponer la basura en los rellenos sanitarios. ¿Cuánto? Hoy se ahorran entre 150 y 200 mil pesos diarios.

“Su perseverancia convenció al alcalde y lo hizo con cero recurso, porque en comunas como esta para conseguir plata primero hay que hacer las cosas y demostrar”, dice Esteban Sagristá, quien llegó al municipio casi al mismo tiempo que Manuel. También recuerda que una vez llegaron a la DIGA unos alumnos de la Usach con una juguera a mostrarles que se podía hacer biodiésel con aceite de cocina usado. Resultó. A partir de entonces, Valencia empezó a recolectar una vez a la semana el aceite de los carros de sopaipillas en camiones conocidos como los “papas fritas” por el olor a fritura que sale del tubo de escape. Luego convenció a Pavez de tener su propio reactor en el patio de la DIGA y hoy cada vehículo de esa dirección recibe 20 litros de biodiésel tres veces por semana. A eso se suma el diseño de un plan para recuperar los sitios eriazos que son utilizados como vertederos ilegales por medio de la creación con neumáticos y escombros de jardineras que bloqueaban el paso a los camiones y un programa de huertos orgánicos.

La primera vez que Pablo Allard escuchó hablar de todo esto fue en Suecia. Era 2008 y el arquitecto estaba en una conferencia sobre tendencias mundiales para ciudades sustentables. De pronto, el orador les contó a los asistentes sobre el trabajo que se hacía en Chile, en La Pintana, y de un señor llamado Manuel Valencia. “Se me cayó la cara de vergüenza de que en Suecia me estuvieran contando lo que estaba haciendo él en Chile”, recuerda Allard.

Valencia expuso varias veces sus ideas fuera del país y siempre iba igual: polera, jeans, botas vaqueras y sombrero al estilo cowboy. “Nunca se puso un terno para recibir un premio”, dice Miguel, y recuerda que una vez asistió así a una conferencia en Milán donde se pedía expresamente tenida formal. “Mi papá dijo que se le había olvidado y la gente lo miró extrañada, pero como tenía carisma se los echó al bolsillo”, dice y agrega que siempre decía que en la vida hay que pararse como uno se quiere ver. “Su postura era así, siempre erguido y con sus botas vaqueras. Cada vez que caminada la gente sabía que venía, por el ruido de las botas”.

Su trinchera

Según Jaime Pavez, a Valencia le ofrecieron trabajo en universidades, empresas y hasta ser seremi de Medio Ambiente y de Vivienda, pero él valoraba su trinchera. “Pensaba que esto se asemejaba mucho más a la realidad del mundo”, dice el alcalde, mientras Ximena Abogabir, creadora de la Fundación Casa de la Paz, agrega: “No era del perfil de persona que iba a recibir órdenes o a poner cara por cosas en las que no creía”. No confiaba en las estructuras y su sello, según quienes trabajaron con él, era transgredir.

Valencia era el director del municipio con menor grado, pero a cambio tenía algunas concesiones, como permiso para viajar porque era lo que más le gustaba, junto con el cine (su película favorita era Blade Runner) y la lectura (lo tenía atrapado la saga Fundación, de Isaac Asimov). Sus conocidos coinciden en que en el trabajo era serio y exigente, pero fuera de él, un gozador. “Por eso amaba Cuba. Él siempre decía que allá la gente anda alegre por la vida”, dice Marchant. Valencia viajaba tres o cuatro veces al año a ese país y su plan era irse a vivir a un departamento que había comprado en La Habana después de jubilar. Pese a que no tomaba alcohol ni fumaba (decía que el cigarro es el bastón de los idiotas), no comía carne ni consumía sal, murió de un infarto a los 65 años. “Y uno que no se cuida sigue respirando”, suspira el alcalde Pavez. “Siento la mochila y sé que es un desafío, pero sabemos cómo hacer que las cosas sigan funcionando como cuando estaba Manuel”, agrega Felipe Marchant, su sucesor en la Dirección de Gestión Ambiental.

Fuente: La Tercera

2015-10-07T15:06:41+00:00